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Me
importa un carajo – me lo dijo tajantemente, su rabia se notaba, su semblante ejemplificaba su temperamento y
en ese mismo desencaje “su repudio.”
Mi intención con él, solo se remitía
a crear a un nuevo Héroe de leyenda, una mezcla moderna del glamuroso Hércules
y el popular Espartaco, añadiéndole infinidad de virtudes de otros tantos héroes; pero ¡NO!, el se negaba, alegaba que prefería estar en casa, disfrutando
la noche, tomando café y leyendo cuentos a sus pequeños; ¡Qué tontería! esos signos
de debilidad polarizaban mi inspiración; el tipo llora viendo películas de
amor, se llena de estupor con Tarantino y se motiva viendo las secuelas de
Rocky. ¡Qué cursi!
Los viernes por la noche; prefiere estar en cama; abrazado con una pierna encima
de su pareja en lugar de andar en persecuciones con autos deportivos, prefiere consentir a su mujer en lugar de entrar a
lugares concurridos del brazo de modelos hermosas; no quiere degustar las aventuras entre Champagne,
no quiere acción, ni peligro; sus emociones necesitan de otra cosa, me alega
que tiene otro tipo de preocupaciones como la hipoteca, además pretende vivir en
contacto con la naturaleza; palpar la vida con cada uno de sus poros y que su dicha estaba en las personas que
amaba ¡Que cursi!.
Sus respuestas me llevaron a reflexionar a cerca de la historia
de mi novela, su rostro estaba alejado de la frialdad de los héroes, se pone nervioso,
se sonroja fácilmente y tiembla cuando no sabe que responder; nada que ver con
el temple de un Alejandro Magno o la dureza de Jason Statham. Se altera y pone en evidencia todas sus debilidades ¿cómo crear un Héroe tan
sensible? ¡Qué locura! ¡Qué aberración!
Me di cuenta que este protagonista es
un fiasco, nadie admiraría a este tipo de
héroe, suspendí mi novela, opte por hacer bolita todos los papeles y lanzarlos al cesto de basura…
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| Imagen de Risunki |
¡Que por cierto ninguno atine!
