Pensaba en meterme a la regadera, gire la vista, ahí seguías tú, completamente desnuda, tendida a lo largo de la sabanas blancas, boca abajo, perdida en el sueño, respirando tranquilamente.
Me recargue en el marco de la puerta, la ducha esperaba y su sonido se extinguía en mi recorrido visual, veía la curva de tu silueta, donde termina la espalda y crece el pecho del suspiro que arrancas, esa curva que parece pincelada, que parece montaña caprichosa, que parece ola arrebatadora; sube y baja y sigue por toda tu pierna, un continuo y ondulante camino.
Veo tu cabello suelto que cubre parte de tu espalda, casi lo alcanza un pequeño rayo de luz que se filtra entre la persiana, es notorio que el sol también ansia surfear por tu piel.
Tu cuerpo aun huele a sexo, es extraño porque siento una involuntaria adicción a tu aroma, a tu piel, a la estela de lujuria que flota y permanece en el espacio; no necesitas hacer nada, estoy rendido y velando tu sueño; aun en la pasividad mirarte es demasiada emoción, mi corazón se acelera y mi cuerpo vuelve a sentir que se endurece.
Podría ser presa de mis instintos y arremeter como bestia sobre tu exquisita humanidad, pero tanta perfección, tanta belleza en tus lascivas líneas son una majestuosa creación, despertarte seria profano, un sacrilegio a las leyes divinas.
Mejor me meto a la ducha, necesito agua helada para calmar mis ansias y escapar del delirio.
Autor: Garibaldi
