A pesar de todas mis palabras me apabullas, tu silencio me
quema el pecho y tu seguridad con la que te mantienes, frente a mí, sentada en
ese banco, desnuda con el pelo pendiendo sobre tu rostro me distrae y me hace
olvidar mis reclamos (mis arrebatos de celos son bestiales).
Tu cabellera roba la escasa luz de la habitación, subes la
pierna, te acomodabas y queda todo a mi vista mientras dejas que escupa mi cólera, definitivamente me
matas; juegas conmigo y mi inmadurez
oculta en el semblante serio no te convence, tu al menos nunca te creíste esa
sobriedad; mis facetas de hombre maduro a tus ojos son alebrijes de debilidad.
“Indudablemente la mujer más ingenua puede competir con el
diablo”
Reconozco que me equivoco continuamente pero debes entender
que es muy difícil lidiar con semejante
belleza que se vuelve ansiado botín de los hombres, me la paso librando una
lucha contra mí mismo “maldita seguridad la tuya”.
Autor: Garibaldi
