Solía ser fascinante pasar el
rato entre cachondeos y risas explosivas de su aguda voz, cada que podía rozaba
sus brazos desnudos, ayudado por el frió su piel se erizaba, sentía con las
yemas tornar su dermis en carne de gallina y sus pezones me parpadeaban.
Siempre me pareció como la Maga
de Cortazar, una mujer ligera y sentimental, mi ventaja de la que
deliciosamente abusaba entallaba precisamente con mi verborrea; una vanidad
supeditada a la seductora adulación la volvían vulnerable, sin duda las féminas son víctimas
de la palabra; mí ventaja con los demás, porque cada que llegaba a la
ciudad le robaba el tiempo y su promiscuidad se quedaba en casa.
No fue difícil entablar charla
con ella, mi acento abrió puerta, cuando la conocí me dijo:
- tienes el acento de mi madre, ella me enseño el castellano
– y lo note inmediatamente, teníamos el
mismo; jamás imagine que terminaría cortando buganvilias para adornar su oreja,
oreja llena de aretes, ganchos y raros zarcillos.
Supe que cada abril, se
presentaba la Feria de superfluas vanidades, relojería y joyería principalmente llenaban los escaparates. Ella,
notoriamente extraña para el contexto; el glamour se derrochaba y aun con eso su
peculiar estilo atrapaba las miradas; no pueden pasar desapercibidos esos ojos
grises sobre un rostro apiñonado de cabellera negra, pero lo que mayor atracción
causaba, eran sus sensuales tatuajes que resultaban mórbidas miradas. En
especial uno en el abdomen, que es “literalmente sensual.” Caminar con
ella me incomodaba, una exótica belleza en un mundo caucásico
Veíamos pasar la gente, platicábamos, sus dientes perfectos insistían
en brillar, almorzábamos en una mesa pequeña y el aire del fresco aminoraba la
desvelada; veía una multitud de bolsas de prestigiadas marcas, el mosaico se llenaba de Gucci, Prada, Cartier, Nardin y muchas tantas;
aunque el motivo que me llevo al lugar estaba frente a mí, tuve que presenciar
ese circo donde se pierden los débiles ante el brillo de primitivos artículos decorativos.
Me quede con ganas de comprar algo, me inhibió el mundo reaccionario anti
yanqui de esta atrevida activista.
Anoche tomaba cerveza, siempre mantenía
sus labios húmedos y brillosos, forrada en piel y altos tacones, hoy solo
mezclilla y algodón; ordeno una Mimosa, perfecta simetría entre la copa y su figura, a través del cristal su escote
aumentaba; también comía pastel de chocolate blanco y hundía los dedos en un
plato de cerezas naturales. Antojable pero esas mezclas seguramente
ocasionarían un conflicto en mi cuerpo, “no pasaría el rato con ella apretando
el estomago”, ella ni se inmutaba, los colores en su boca pintaban un arcoíris
y yo seguía pensando en la suavidad de su piel.
La clase y estilo se colorea con
el carácter, ninguna marca te lo vende.
Fue una relación sin ataduras,
ella no quería lazos yo del otro lado del mundo, nos unían 3 razones: la
simpleza de nuestro humor, un par de
idiotas, pero con universo propio; la realización a detalle de mis lujuriosas
palabras conjugadas con el constante tintineo de la adulación y la mas fuerte, la empatía con
su mayor debilidad, los sueños de justicia e igualdad.
Garibaldi
