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miércoles, 2 de octubre de 2013

Buganvilias, aquella vez en Basilea

Solía ser fascinante pasar el rato entre cachondeos y risas explosivas de su aguda voz, cada que podía rozaba sus brazos desnudos, ayudado por el frió  su piel se erizaba, sentía con las yemas tornar su dermis en carne de gallina y sus pezones me parpadeaban.

Siempre me pareció como la Maga de Cortazar, una mujer ligera y sentimental, mi ventaja de la que deliciosamente abusaba  entallaba  precisamente con mi verborrea; una vanidad supeditada a la seductora adulación la volvían vulnerable, sin duda las féminas son víctimas de la palabra; mí ventaja con los demás, porque cada que llegaba a la ciudad le robaba el tiempo y su promiscuidad se quedaba en casa.

No fue difícil entablar charla con ella, mi acento abrió puerta, cuando la conocí me dijo:

-  tienes el acento de mi madre, ella me enseño el castellano – y lo note inmediatamente, teníamos  el mismo; jamás imagine que terminaría cortando buganvilias para adornar su oreja, oreja llena de aretes, ganchos y raros zarcillos. 

Supe que cada abril, se presentaba la Feria de superfluas vanidades, relojería y joyería  principalmente llenaban los escaparates. Ella, notoriamente extraña para el contexto; el glamour se derrochaba y aun con eso su peculiar estilo atrapaba las miradas; no pueden pasar desapercibidos esos ojos grises sobre un rostro apiñonado de cabellera negra, pero lo que mayor atracción causaba, eran sus sensuales tatuajes que resultaban mórbidas miradas. En especial  uno en el abdomen, que  es “literalmente sensual.” Caminar con ella me incomodaba, una exótica belleza en un mundo caucásico

Veíamos pasar la gente,  platicábamos, sus dientes perfectos insistían en brillar, almorzábamos en una mesa pequeña y el aire del fresco aminoraba la desvelada; veía una multitud de bolsas de prestigiadas marcas,  el mosaico se llenaba de  Gucci, Prada, Cartier, Nardin y muchas tantas; aunque el motivo que me llevo al lugar estaba frente a mí, tuve que presenciar ese circo donde se pierden los débiles ante el brillo de primitivos artículos decorativos. Me quede con ganas de comprar algo, me inhibió el mundo reaccionario anti yanqui de esta atrevida activista.

Anoche tomaba cerveza, siempre mantenía sus labios húmedos y brillosos, forrada en piel y altos tacones, hoy solo mezclilla y algodón; ordeno una Mimosa, perfecta simetría entre la copa  y su figura, a través del cristal su escote aumentaba; también comía pastel de chocolate blanco y hundía los dedos en un plato de cerezas naturales. Antojable pero esas mezclas seguramente ocasionarían un conflicto en mi cuerpo, “no pasaría el rato con ella apretando el estomago”, ella ni se inmutaba, los colores en su boca pintaban un arcoíris y yo seguía pensando en la suavidad de su piel.

La clase y estilo se colorea con el carácter, ninguna marca te lo vende.


Fue una relación sin ataduras, ella no quería lazos yo del otro lado del mundo, nos unían 3 razones: la simpleza de nuestro  humor, un par de idiotas, pero con universo propio; la realización a detalle de mis lujuriosas palabras conjugadas con el constante tintineo de la adulación y la mas fuerte, la empatía con su mayor debilidad, los sueños de justicia e igualdad.


Garibaldi